viernes, 23 de mayo de 2014

Un pensamiento de D. H. Lawrence



Una persona expresa una opinión y siempre hay quien se ofende por su afirmación (no entro a calibrar la fortuna o infortunio de la opinión expresada) y comienza entonces una campaña más o menos orquestada para desacreditarle, exigiéndole respeto y rectificaciones incluso por vía judicial. Si opinas diferente, reclaman respeto, te humillan y te exigen rectificar y pedir perdón. Y a veces te insultan. Pero eso no es faltar al respeto. ¿Es que no se puede tener opiniones diferentes?

Vas a entrar en tu casa y un grupo de gente que está apalancada en la puerta impidiéndote el paso te exige que respetes su derecho a estar en la calle y que les pidas permiso. Y cuando les dices que no piensas pedir permiso a nadie para entrar en tu propia casa, te llaman amargado.

Una mujer aparca su coche mal y tiene un altercado con el agente que le está poniendo una multa y todo el mundo se vuelve contra ella. ¿Hizo mal? Por supuesto. ¿Acaso todos los que la han criticado y exigido respeto a las normas de convivencia y circulación las respetan? ¿Las respetan cuando aparcan en doble fila, en un paso de cebra, en una acera rebajada, en una calle peatonal, junto a la fachada de un edificio protegido más antiguo que el Museo del Prado? ¡Ja!

Un eclesiástico expresa una opinión cimentada en su credo y en sus conocimientos de teología moral y se le llama de todo. Menos bonito. Y tiene que venir un tribunal a decir que, independientemente de que lo dijera el eclesiástico, que puede llegar a ser considerado no acertado o discutible desde el punto de vista moral y pastoral, lo que dijo no deja de ser una opinión. Y que como tal hay que respetarla.

Podría poner muchos ejemplos. Hay cientos. Para todos los gustos. De todos los colores. En todos los ámbitos de la vida. De uno y otro signo. Pero todos permiten una deducción: somos muy dados a exigir a los demás que nos respeten, pero no dejamos pasar una, ni respetamos nada ni a nadie. Todos. Sin excepción. Porque todos somos parte de la misma sociedad, vemos, oímos y hacemos lo mismo. Lo que pasa es que nos aplicamos la ley del embudo. Y eso es muy difícil de combatir.

Quizá es que no nos aceptamos a nosotros mismos, no nos respetamos. Quizá hemos roto el equilibrio entre nuestro cuerpo y nuestro espíritu, hemos hecho que desafinen y se falten al respeto el uno al otro. No lo digo yo, lo dice David Heriberto Lorenzo:


Cuerpo y espíritu viviendo en armonía, en equilibrio y respeto. ¿Qué significa eso? No sé si arrojaré luz sobre el tema. Qué expresión más fea, esta de arrojar luz: la luz no se arroja, se da; es más un regalo que uno entrega o que le entregan a uno que un arma con que herir (aunque a veces la luz hiera, que el sol de agosto puede hacer mucho daño sin gafas ni cremita de protección). No sé, repito, si arrojaré luz o más tiniebla sobre la cuestión.

El cuerpo y el espíritu viven en armonía cuando ambos van juntos, acompasados. Cuando ambos crecen, cuando ambos se desarrollan, cuando ambos se alimentan, cuando ambos se cuidan y se fortalecen, cuando ambos trabajan (se mueven, desempeñan sus funciones vitales básicas) y descansan, cuando ambos se curan si están enfermos o doloridos, cuando ambos reciben los aportes necesarios para su bienestar y su salud.

El cuerpo y el espíritu viven en equilibrio… (tomemos el párrafo anterior y repitámoslo).

El cuerpo y el espíritu se respetan de manera natural. Un primer paso del respeto es la ausencia del daño, sobre todo del daño voluntario o consciente. El cuerpo no daña al espíritu cuando su movimiento, su acción, no merma el desarrollo del espíritu, no le impide crecer ni le daña. El espíritu no daña al cuerpo cuando sus mociones no son lesivas para el cuerpo, no le privan de la fortaleza, el movimiento, la energía y los nutrientes que necesita, cuando no le hiere. Pero el respeto no es solo ausencia de daño: el respeto también pide dar al otro libertad para moverse y expresarse, incluso para equivocarse; el respeto también pide ayudar al otro a existir y a actuar, no ponerle trabas ni cortapisas.

Cuerpo y espíritu se respetarán cuando convivan, cuando se den mutuamente libertad para expresarse, cuando se ayuden a vivir, cuando comprendan que no son el uno contra el otro, sino el uno para el otro. Si el cuerpo quiere expresar amor, o desgana, por ejemplo, si el espíritu quiere expresar tristeza, o ternura, por ejemplo, deben respetarse mutuamente y permitirse esas expresiones. Eso sí, dentro de un orden, que cuerpo y espíritu conviven en una persona, pero esa persona convive con otras muchas…

No sé si habré encendido la luz o la habré apagado, no lo veo ahora muy claro…
 

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