viernes, 20 de noviembre de 2015

Pensamientos sobre la paciencia


Me asomo a la ciberventana desde este mi mundo una vez al mes, o casi. No soy capaz de hacerlo, como antaño, semanalmente, cargado de mensajes positivos que repartir, con la boca henchida de palabras inventadas y juegos de palabras con intención de despertar una sonrisa en el intelecto. Ahora lo hago precipitadamente, a hurtadillas, queriendo acabar antes de haber empezado. No sé si es la prisa, o el cansancio, o la edad, pero las cosas han cambiado. Ahora tengo la sensación de que voy corriendo a todas partes (y eso que todavía no estamos en la vorágine navideña, que me deja siempre con la lengua fuera por más que me planifique con tiempo y una libreta), de que no llego nunca a ningún sitio, de que no doy abasto y de que todo me sale mal, tarde y deslavazadamente.

Eso, si me fijo en mí, insignificante e infinitesimal parte del mundo. Más debería mirar el dolor, el drama, el sufrimiento, el miedo, la ansiedad, la angustia, la zozobra que se viven en tantas y tantas partes del mundo, algunas tan cercanas que estremece, otras tan lejanas que estremece igual pensar que el mal está por todas partes. Más debería fijarme en la entereza, la firmeza, la valentía, el arrojo, la decisión, el ánimo, la solidaridad, la amistad, la humanidad que envuelven y encierran ciertos actos. 

Me admira cada vez más la gente que no es sinuosa, que no actúa con miedo, sino con valor, con entereza, y con firmeza y sin perder la cabeza defiende sus valores. Y no se la coge con papel de fumar, ni cambia de idea a cada palabra o de deriva según sopla el viento o cambia la corriente.

Y me admira cada vez más la gente que mantiene la calma, que sabe medir sus palabras, que actúa con paciencia. Gran virtud. Escasa virtud que debemos poner en práctica. Es este un firme propósito: crecer en paciencia. A ver si lo consigo.

De momento, tomaré algunas ideas generales sobre qué es y para qué ha de servir la paciencia. Que vale, por ejemplo, para cazar malvados y para no dejarse amedrentar por ellos.

«La paciencia tiene más poder que la fuerza» (Plutarco). 

«La paciencia comienza con lágrimas y al final sonríe» (Raimundo Lulio, o Ramón Llull, beato). 

«Ten paciencia con todas las cosas, pero sobre todo contigo mismo» (san Francisco de Sales). 

«La paciencia es la más heroica de las virtudes, precisamente porque carece de toda apariencia de heroísmo» (Giacomo Leopardi). 

«Nada resulta más atractivo en un hombre que su cortesía, su paciencia y su tolerancia» (Cicerón). 

Paciencia… ¿Cómo tenerla, cuando te acaban de reventar la ciudad y han sembrado de muerte hasta las puertas de tu casa? ¿Cómo tenerla, cuando nada tienes más que tus pies para huir del hambre y de la guerra y del frío y de la muerte y del odio y del rencor? ¿Cómo tener paciencia?

¿Cómo tenerla cuando el reloj te arrebata el día a la carrera, cuando la negra sombra de la muerte se proyecta en un horizonte cada día un milímetro más cerca, cuando la duda se convierte en tu alimento y te mina voluntad y cimientos, cuando la seguridad de tu guarida se pone en cuarentena cada vez que cruje una madera? ¿Cómo?

Dicen que quizá … No sé… 

No quiero parecer melodramático. Es solo que estoy comenzando a reflexionar sobre la paciencia, esa gran virtud que aún no he logrado estrenar, esa virtud que solo crece, como todas las virtudes, cuando la pones en juego. 

Poner en alto, por escrito pero en alto, estas palabras, y estos silencios, me ayuda a aclararme, a ordenar mi mente. 

Tened paciencia conmigo.

 

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