viernes, 27 de marzo de 2015

Detenerse o avanzar


Decir que me he quedado helado es poco, mirar a un punto vacío en la nada inmediata con incredulidad, sacudiendo la cabeza y deseando no haber oído lo que han dicho, no basta para expresar la mínima parte del estupor que ha invadido cada poro, cada neurona, cada célula de mi cuerpo. Toda mi fibra sensible no es suficiente para amortiguar la estupefacción que me ha invadido. ¿Qué puede pasar dentro de un cerebro, a qué estado de vaciamiento llegar un alma para que de mirarse tanto el ombligo y tan poco hacia fuera no le resulte abominable buscar la propia muerte llevándose por delante otras vidas? No me queda más recurso que poner en otras manos más poderosas que las mías toda esta mi zozobra.

Ignoro lo que ha podido pasar, sufrir, vivir, imaginar, creer y descreer una persona para llegar al estado en el que una acción semejante es asumible, factible, realizable y… desgraciadamente realizada. Lo ignoro. Pero me da miedo, mucho miedo, pensar que nadie está libre de que las cosas se le den la vuelta hasta un punto en el que no hay retorno, no hay bien ni mal, no hay nada más que un yo sin conciencia. Me da miedo que eso me pueda pasar.

¿Cómo evitarlo? No lo sé, no hay fórmulas, o al menos yo no las conozco. Pero hay que mantenerse alerta. No hay que dejarse caer en nada que nos haga retroceder, detenernos, avanzar en la dirección equivocada, deshumanizarnos, desvincularnos de todo lo que no seamos nosotros mismos… Debemos mantenernos alerta para no caer en la autocomplacencia, en el umbilicalismo, en la dejadez, en el vaciamiento moral…

La frase-cita que quiero proponer hoy la tengo en la cabeza desde hace mucho tiempo, la he mantenido en el recuerdo y forma parte de mí, aunque he olvidado su redacción exacta y su autoría. Según algunos, eso es la verdadera sabiduría: hacer tuya una enseñanza hasta el punto de olvidar al maestro. Dice así la frase-cita (mororles, que viene a ser algo así como más o menos en espanglís):

«No te puedes detener en el camino de la vida, detenerse es siempre retroceder» (No recuerdo quién lo dijo). 

No te puedes detener el camino de la vida… Porque si te detienes, retrocedes. Todo avanza siempre, todo cambia, crece o muere, pero cambia. Todo está en movimiento, desde los planetas hasta esa mota de polvo que ahora mismo está buscando la manera de juntarse con otras motas y formar, sobre una cana caída, una nueva pelusa en un rincón de tu casa. 

Sin embargo, a veces nos detenemos. Porque decimos que estamos cansados, agotados, derrengados… Porque decimos que no podemos seguir, que nos faltan fuerzas, que el camino que hemos tomado nos supera y nos vence… Porque creemos que ya hemos llegado, que estamos donde tenemos que estar… Porque agobiados con otras cosas, con el avance de los demás, de los nuestros, nos olvidamos de avanzar nosotros mismos… Porque hemos llegado a un punto muy cómodo, y hemos pensado en nuestro corazón aquello de qué bien se está aquí, hagamos tres tiendas y quedémonos… Porque nos han invadido el miedo o la incertidumbre de qué vamos a encontrar si seguimos avanzando… Porque nos hemos hecho daño en el camino y nos hemos quedado a curarnos, a cuidarnos, a lamernos las heridas como los lobos, pero con una saliva que no cicatriza y nos deja la herida abierta para no tener que seguir avanzando… Porque pensamos que si no avanzamos retrasamos la llegada a la meta, a la desembocadura, a la mar, que es el morir… Porque el temor a no haber sabido hacer las cosas bien, a que nos echen al lugar del llanto y rechinar de dientes, nos impide avanzar y no caemos en la cuenta de que es precisamente en ese llanto y en ese rechinar donde acabaremos si no avanzamos, si no multiplicamos, si no crecemos, si nos paramos a mirarnos a nosotros mismos…

Cada uno tendrá o habrá tenido en algún momento su motivo para no avanzar, para detenerse el camino. Cada uno que se mire a sí mismo y ponga remedio a su parálisis, y que siga avanzando, progresando en la vida. Cada uno espabile en aquello en lo que necesite espabilar. Cada uno levante la cabeza y mire a su alrededor, eche un paso al frente y tienda la mano a su compañero, pero para avanzar, no para sentarse sobre aquellas rocas…

¡Adelante, chicos, no nos detengamos! 

Y tengamos presentes en nuestras oraciones y en nuestros pensamientos empáticos a las víctimas del avión estrellado en los Alpes y a todos aquellos que encuentran el final de sus vidas porque otros así lo han decidido.

 

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