viernes, 22 de marzo de 2013

Un pensamiento de Homero

Carissimi

Mi amiga Citadelle Léger me ha dicho que, si bien se alegra porque he cambiado por fin mi saludo anterior (¿recordáis el igartiburesco ¡Hola, corazones!?), que no le ustaba nada, no cree que este latinizado saludo actual deba durar demasiado, pues le resulta anticuado donde los haya. Haréte caso un día de estos, y mi saludo será grácil y ligero como gustas.

Ha vuelto la primavera. Una siempre bella Goya Toledo lo anuncia con unas amiguitas suyas en la televisión. Ha vuelto la Semana Santa. Varias son las cadenas que lo anuncian en su programación, y eso que con el cónclave y la elección del papa Francisco ya nos habían caído algunos clásicos, como Las sandalias del pescador. Han vuelto las gitanas a vender mimosas en sus puestos, y han vuelto (no lo he visto, me lo han contado) las mismas mimosas a iluminar de fragante amarillo la calle Arturo Soria

La vida es cíclica: de lunes a domingo, de enero a diciembre, de invierno a primavera… Y esta observación, sencilla, simple casi, y sabia, es tan evidente que muchas veces la obviamos, y cuando la descubrimos nos parece un hallazgo prodigioso. Por eso nos sorprende que nos lo digan de antaño:

«Esparce el viento las hojas por el suelo, y la selva, reverdeciendo, produce otras al llegar la primavera» (Homero).

Confieso la trampa: esta frase-cita es solo un fragmento de una cita mayor que he tomado de Proverbia.net. No es que la longitud de la frase completa sea mucho mayor, sino que el poeta refiere la sucesión de la hojas del bosque a la sucesión generacional, y yo me quería detener en las hojas. O no. Pero sí en que la vida sigue, en que a rey muerto rey puesto, en que la semilla tiene que morir para que dé fruto, en que la hoja seca, desvinculada de la rama que le dio vida, es a su vez dadora y portadora de vida en su propia muerte (a no ser que acabe en un herbario estudiantil, já).

Las hojas que leemos incorporan a nuestra memoria, a nuestro intelecto, a nuestro corazón o a nuestra alma, según el caso, un fragmento, por pequeño que sea, de su contenido. Fragmentos que se acumulan, que dialogan entre ellos, que se contradicen y se niegan entre ellos, o se reafirman mutuamente… Fragmentos que poco a poco pasan al sustrato del olvido, y mueren..., pero que, al morir, dan vida y sustento a otros fragmentos. Algunos, los primeros, los más auténticos, los que más veces se ven reforzados (incluso los venenosos), quedan en nuestro jardín interior como árboles, como arbustos, y dan flores (o cardos)… Pero también parte de ellos acaba cayendo en el mismo sustrato del olvido.

No sé si me habré puesto demasiado poético, demasiado metafórico, si habré acertado o no, pero así lo veo: en la vida todo es cíclico. No vamos a repetir aquello tan desagradable del insecticida (nacen, crecen, se reproducen y mueren), pero tenemos muy observado que al invierno le sigue la primavera, a la noche el día y a las brevas los higos. Sucesión que a muchos hace inscribirse en el nihilismo, en el pragmatismo, en el pasotismo, en el amiplinismo…

Estamos a punto de comenzar a vivir la Semana Santa. Hablaré solo de mí, para que nadie me acuse de proselitismo o de intentar catequizar a nadie. Las procesiones que vi y disfruté, correteando entre las calles, deteniéndome en silencio ante los Gregorio Fernández (lo confieso, entonces me impresionaban más los capuchones morados que las impresionantes figuras que portaban, o al menos su calidad artística), pateando sin parar entre el frío y la niebla, acabaron. Al menos para mí. No volví a verlas más que en la tele o en mi recuerdo, cada vez más vago. Pero dejaron, muriendo en mi memoria, un sustrato, un humus en el que, luego, pasados también los años de necesario riego de la indiferente altanería adolescente, creció otro espíritu, otro interés, otra experiencia.

Esa segunda experiencia, emotiva, comunitaria, aislada del mundo para incrementar así su intensidad, que permitió aflorar millares de inquietudes multicolores, de emociones casi incontenidas, acabó también muriendo en el recuerdo. Me quedan, sí, sonidos, ecos, nombres, nostalgias de tantos momentos de sentir los pelos como escarpias. Queda un sustrato, de nuevo, en el que ha brotaron nuevas plantas, nuevos modos de expresar, de vivir, de sentir, de entender la vida (o al menos de comportarme en estas fechas). Ahora mis plantas crecen más lentamente, son más sobrias, menos exuberantes en su follaje, y aunque sigue habiendo mucha hoja que cae, también tengo unas cuantas plantas perennes que mantienen la lozanía y el verdor y permiten que los pájaron aniden y canten…

Es solo mi experiencia, nada más. Pero esa experiencia me dice que es importante vivir ciertos momentos, según las circunstancias, con toda la intensidad posible, porque son momentos que renuevan en uno la consciencia de que la vida es mucho más que la sucesión de días, semanas, meses, estaciones, años…

Feliz Semana Santa, feliz Pascua a todos.

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