viernes, 15 de febrero de 2008

Un pensamiento de Benavente y otro de Ortega

Buenos días.

Hoy es viernes, para algunos (espero que para pocos) resaca de san Valentín, el de los corazones de raso con ribete de encaje rosa, el de los tangas de caramelo, el de te digo que te quiero porque hoy es hoy, pero no más de 15 minutos, que luego hay fútbol. Ese san Valentín. Vuelvo: hoy es viernes, chispea sobre Madrid, y las casas, todas las casas, grandes o pequeñas, unifamiliares o colmenas, en régimen de alquiler o de propiedad, oficiales o particulares, todas se mojan por fuera. Por dentro, según y cómo sea su ocupante…

En fin. Vaya un saludito, ¿no? Repito, pues: ¡¡Buenos días!!

Hoy voy a proponer un doble ejercicio en el pensamiento semanal. Resulta que, siguiendo la temporalidad de la Agenda San Pablo 2008, hoy, 15 de febrero, me sale una frase-cita de Jacinto Benavente. Pero el otro día me llegó por Proverbia.net una frase-cita de Ortega que, según leí, me dije a mí mismo para mis adentros íntimos: esta se la casco el viernes. Como no me decido por una u otra, pues propongo doble reflexión, y ya me diréis si las frases son antagónicas o complementarias (si casan o no casan, si arrejuntan bien o mal, si hacen buena pareja, si conviven o no conviven, vaya).

«El verdadero cariño no es el que perdona nuestros defectos, sino el que no los conoce» (Jacinto Benavente).

«El amor, a quien pintan ciego, es vidente y perspicaz, porque el amante ve cosas que el indiferente no ve, y por eso ama» (José Ortega y Gasset).

Lo primero de todo es dirimir si el amor es ciego, como parece que apunta Benavente, o vidente, como afirma Ortega. Vamos, que aparentemente las frases son antagónicas, ¿no? Porque Benavente no dice que el amor sea ciego, o que el que ama (siente cariño, dice él, restringiendo el ámbito del amor a una, no pequeña, de sus manifestaciones) no vea, sino que no conoce. Si nos vamos al diccionario, podemos perdernos entre tanta acepción similar, pero en el uso común podemos encontrar un matiz de volición, de acción deliberada en el conocimiento que no siempre está presente en la visión. Vale que uno no siempre ve lo que tiene delante de los ojos, pero a veces, aun viéndolo, existe una deliberada intención de no conocerlo, de ignorarlo, de prescindir de ello. Así pues, podemos afirmar que el amor del que habla Benavente tampoco es ciego, pues el que siente cariño ve, pero prescinde de los defectos que ve. Por el contrario, Ortega afirma rotundo que el que ama ve de otra manera, percibe cosas que el que no ama (me gusta lo de indiferente) no ve.

Otra cosa distinta será si conviene más al amante, al que ama, al que siente cariño ver y no conocer, como el amante en o de Benavente, o por el contrario, conviene ver y trascender, ver más, ver otras cosas y/o de diferente manera, como el amante en o de Ortega. Puede parecer que el amante en o de Benavente ignora un principio cristiano básico e importante, que es la corrección fraterna, aquello que se nos recomienda hacer siempre, pero sobre todo a quien amamos, con dulzura, prudencia y respeto. No creo que la obvie, más bien que la trasciende: el amante en o de Benavente no sólo perdona los defectos del amado, sino que no los conoce, es decir, que los obvia; pero tampoco dice que los corrija (ni que no lo haga): a veces la mejor corrección de los defectos es precisamente obviarlos, no conocerlos. No cambies, le dijo un amigo a otro que era un bala, y este cambió (barato resumen de un cuento oriental relatado miles de veces por De Mello y por Vallés).

Volvamos: el amante en o de Benavente, pues, ama, y ama de veras, viendo, perdonando (o no), ignorando, trascendiendo los defectos del otro. ¿Y el amante en o de Ortega? Seguramente ha llegado a la misma conclusión, pero por otra vía: el amante en o de Ortega, al ver más allá de los defectos, al ver otras cosas, ama. Y ese amor le basta. Y le sobra.

¿Y bien? Sencillo. Dos grandes maestros nos recuerdan que en el fondo, siempre, lo importante es amar. Y amar es ver al otro, no a uno mismo. (¿Me habré pasado con la conclusión?)

1 comentario:

Anónimo dijo...

Tal vez la resolución, la conjunción, entre Ortega y Benavente la ofrezca ese aserto que nos invita a mirar con los ojos de Cristo, no es que veas o no veas, sino que hay una intención manifiesta de fijarte en el otro y amarle, trascendiendo los vicios que nos llevan a ver en él lo que no nos gusta, lo que nos incomoda, lo que cambiaríamos, o lo bueno que está (como expresión esto último de una superficialidad deshumanizadora). Mirar con los ojos de Cristo para acogerle en nuestro corazón como Cristo nos acoge a cada uno de nosotros trascendiendo nuestras limitaciones, qué clase de amor dispensemos luego ya no importará, simplemente amaremos. A lo mejor debemos reconvertir el día de san Valentín.

Prefiero a Ortega y aunque dudo de que a alguien de su valía se le escape algo, tal vez se le escapó ver por mirar.