viernes, 11 de marzo de 2011

Un pensamiento de Francisco J. Castro Miramontes

Hola, corazones.

Ayer estuve en un acto de empresa. O en un acto de vida interior. ¿Te has vuelto majara, me diréis? Pues no. O sí. En estas cosas no sabe uno cuándo está tocado y cuándo lo que oye, lo que ve, aquello de lo que es testigo, le toca la fibra y se convierte en parte de su vivencia. Y eso es lo que me ocurrió ayer. Eso es lo interesante que tiene un trabajo como el mío, que uno puede estar leyendo un día un pesadísimo tratado escatológico repleto de citas bibliográficas, y a continuación encontrarse con una nueva versión de Caperucita Roja o con una vida rica y compleja como la de Edith Stein, por ejemplo. O como ayer, uno puede leer, y escuchar de viva voz de sus autores, algunas Historias que curan el alma.

Se trata de un libro que han escrito mano a mano dos sacerdotes, de esos que uno conoce y no se cree que existan, viendo lo que hay por ahí. Uno es un franciscano, Paco Castro, gallego, que es todo un lujo de cercanía y espiritualidad, que trasmite serenidad sólo con que te ponga los ojos encima y que te hace sentirte a gusto contigo, y en presencia de Dios, en cuando comienza a hablar. El otro, Antonio García Rubio, sacerdote diocesano, ha ejercido de párroco en sitios tan dispares como Colmenar Viejo, Santa Eugenia, los barrios de Tetuán y de Salamanca o la Cañada Real, y ha tenido interesantes experiencias monacales. Un hombre con una sonrisa que te engancha, y que lo vive todo con una naturalidad emocionante.

Es un libro que cuenta cosas, cosas normales y corrientes, que le pasan a la gente, gente normal y corriente. Un momento: ¿hay gente normal y corriente? Mira que lo dudo... Más después de haber leído el libro, o de haber escuchado ayer a sus autores. Ellos consideran que lo que la gente les cuenta –sus dolores, sus problemas, sus alegrías, sus esperanzas– son historias que Dios pone en sus manos que nos las hagan llegar luego a los demás. ¿Para qué? Para que nos sintamos tocados por Dios, para que nuestras propias heridas del alma se curen.

No es lírica. A todos nos ocurre. Cuando escuchamos historias de superación de gente que ha recibido palo tras palo en la vida y siguen adelante con la mirada alta, la sonrisa en la cara y la esperanza en la frente, algo toca nuestro interior y nos dice que nuestra bobadita de turno no es nada, que debemos aprender de ellos. Y aprendemos. Poco, tarde y mal, pero aprendemos. Cuando oímos contar la historia de una persona cuya vida no soportaríamos si fuera nuestra pero que vive para dar alegría a los demás, preparando constantes sorpresas, regalos y palabras bonitas, algo en nuestro interior nos dice que quizá deberíamos dejar de quejarnos tanto, y comenzar a dar gracias por las cosas que pasan a nuestro alrededor, comenzando por el mismo aire que respiramos.

Pues bien, eso es lo que lo que nos contaron ayer los autores, Francisco J. Castro Miramontes y Antonio García Rubio: Historias que curan el alma. Historias que ocurren todos los días, que a nadie le importan pero que dicen mucho. Por eso la frase-cita de hoy es de ellos, concretamente de Paco Castro, que abre sus correos electrónicos, sus alocuciones, sus mensajes, con un franciscano «Paz y bien» que en sus labios suena no como un deseo, sino como la materialización de una realidad. Y dice Paco, dijo ayer, que

«Agradecer es una forma de abrir el corazón a Dios» (Francisco J. Castro Miramontes).

¿Será por eso, querido Paco, por la que tan pocas veces somos agradecidos en la vida?, ¿porque no queremos, o porque no sabemos, abrir nuestro corazón a Dios?, ¿porque lo hemos apartado de nuestro lado?, ¿porque nos resulta más fácil estar callados que dar las gracias por las cosas?

Me viene a la cabeza aquella canción que cantábamos en misas juveniles de campamento y que nos enseñaba a dar gracias a Dios por dones sencillos y hermosos de la vida: «El aire que respiro, el pan que me alimenta…». Quizá deberíamos seguir dando las gracias de forma natural por cosas igualmente sencillas: gracias, señor quiosquero, por estar ahí todas las mañanas, por darme el periódico y por no ponerme mala cara si un día no te doy los buenos días o el periódico que compro no te ha llegado a tiempo; gracias, señor conductor, por haber madrugado mucho más que yo para «pilotar» esa caja grande en la que, día a día, cruzas la ciudad para llevarnos de una punta a la otra; gracias, amigo ciego, por tener siempre una sonrisa cuando me das tu cupón, y gracias doblemente por tu alegría y vitalidad cada vez que te doy un cupón premiado, aunque no suela ser más que con el reintegro… Y suma y sigue.

Cuando haya aprendido a dar gracias, «sinceramente, de corazón» (esto también viene de una canción: una melodía afrocubana cuyo estribillo reza «Donde hay caridad y amor allí está nuestro Dios», concretamente de una de sus letras: «Amémonos sinceramente, de corazón…»), cuando haya aprendido esto, quizá pueda seguir agradeciendo cosas más difíciles, aquellas que no nos gustan, que nos pesan, que nos agobian, pero que también, si las miramos de otra manera (Paco también dijo ayer que todas las historias pueden ser sanadoras, que sólo dependen de cómo se miren las cosas), también nos enseñarán y nos curarán.

Está claro que tengo que empezar a ser más agradecido. Gracias, Paco, por recordármelo. Y si además de dar las gracias sonriera un poco más…

3 comentarios:

Manuela dijo...

Tengo el privilegio de haber conocido personalmente a Paco Castro y haber leído varios de sus libros y suscribo todo lo que dices.

Manuela dijo...

Tengo el privilegio de conocer personalmente a Paco Castro y haber leído varios de sus libros y suscribo totalmente lo que dices.

o blog de xesús lópez dijo...

Yo también conozco al padre Paco Castro.
Con él he coincidido en una peregrinación a Italia, en marzo de 2009, para ganar el jubileo paulino y seguir después, con él como guía, por el vale de Rietti y visitar los hitos franciscanos: Fonte Colombo, Greccio, Asís, la Porciúncula... No pudimos subir a La Verna porque ese día, 21.03, nevaba. Continuamos a Florencia, Padua, Venecia.
Pero en julio de aquel año volvimos a encontranos en una peregrinación a Tierra Santa, que ahora se dispone a renovar, el próximo julio. (Organizan el viaje los PP. Franciscanos de Santiago y Viajes Halcón). Vale la pena ir, con él como guía, que ha debido viajar a los Santos Lugares así como quince o dieciséis veces. Parece hacer boca, los que opten por esa peregrinación, pueden ir leyendo otro libro del padre Francisco J. Castro Miramontes: "Todo comenzó en Galilea". Es importante prepararse lo más posible para vivir esa oportunidad de conectar con lo que se llama el Quinto Evangelio, el conocimiento de aquellos lugares, una forma de vigorizar nuestra fe.