viernes, 17 de febrero de 2012

Un pensamiento de Ralph Waldo Emerson

Hola, corazones.

Varios acontecimientos relacionados con los libros me mueven a elegir esta semana un pensamiento o frase-cita dedicado a los libros.

Desde el pasado martes obra en mi poder un ejemplar de mi último «hijito» (así comencé a llamar, cuando entré a trabajar en la editorial, a los libros que hacemos; con el tiempo he pasado a llamar sólo «hijos» a aquellos con los que, por una u otra razón, me siento especialmente unido y me han dado tanto trabajo como satisfacciones); se trata del Diccionario de Iconografía y Arte Cristiano, al que he estado dedicado y casi atado durante varios meses. En la misma remesa de novedades ha aparecido también el Vía crucis con los jóvenes, que contiene los textos del vía crucis celebrado el pasado mes de agosto durante la JMJ y que está ilustrado con fotografías de los pasos de Semana Santa que protagonizaron dicho acto; las fotografías son de un docto y renacentista amigo mío, CMB, cuyo blog puede y debe ser consultado todos los martes (véase la columna de blogs recomendados, a la derecha). Otro libro es el que recomendé ya en mi perfil de Facebook esta semana, y que, editado por Destino, propone a Miguel Delibes como «una conciencia para el nuevo siglo». Resulta un libro muy interesante, muy recomendable, escrito por Ramón Buckley, que es lo que podríamos llamar un «pseudopariente» mío. Por último, el «cuarto» libro de la semana es uno del que ya he hablado en otras ocasiones: Morir nos sienta fatal, de la periodista Mª Ángeles López Romero, que se presentó ayer en Sevilla.

¿Qué tienen en común los cuatro libros? Cada uno a su modo, hablan de la muerte y de la vida: uno porque habla de la muerte, que es consecuencia de la vida; otro, porque nos dice que Miguel Delibes, que murió en 2010, está más vivo que nunca porque su literatura, su obra, su pensamiento fue tan profético que nos ayuda entender el presente y, por ende, la vida; otro, porque nos muestra la vida después de la muerte: la resurrección, y el último (el primero citado) porque nos recuerda cómo, a lo largo de la historia, esa trascendencia de la vida y de la muerte ha sido transmitida, reflejada, vivida a través del arte.

Por eso, hoy, quiero proponer una frase-cita que nos hable de los libros, esos imprescindibles amigos para la vida, porque, ¿hay vida sin libros? Yo coincido con Thomas Jefferson en que «no es posible vivir sin libros». Y también coincido con Ralph Waldo Emerson cuando dice:

«En muchas ocasiones la lectura de un libro ha hecho la fortuna de un hombre, decidiendo el curso de su vida» (Ralph Waldo Emerson).

Pues sí, yo también pienso lo mismo. De hecho, conozco a uno que se leyó Las cuatro plumas y se hizo militar. Conozco a otro que se lee de cabo a rabo diccionarios, enciclopedias y colecciones de obras completas de grandes autores, y no desdeña tampoco manuales de disciplinas científicas, sesudos ensayos teológicos o catálogos de arte. Y claro, es un auténtico erudo (un erudo es un erudito, pero mucho más grande), que también lee a Neruda (perdóneseme la aliteración facilona). Claro que no estoy seguro de que esto sea una máxima universal, válido para todas las personas y para todos los libros. Por ejemplo, el que leyó Todo lo que quiso saber sobre el sexo y no se atrevió a preguntar, de Woody Allen, ¿qué es, sexólogo, actor porno, gigoló…? Eh, para, que don Ralfgualdo dice «en muchas ocasiones», no «siempre».

Hay dos condiciones para que eso sea verdad. Al menos. La primera, es evidente, pero no siempre se cumple, es que una persona, en su fase de crecimiento, en esa etapa de la vida en la que comienza a decidir y a labrarse a sí misma, lea un libro. Al margen del Senda (madre mía, eso me deja muy atrás en la cuenta de la historia de la enseñanza, ¿verdad?) o del libro de Matemáticas.

La segunda, que viene unida a la primera, es que la persona que lee un libro sea lo suficientemente permeable y receptiva como para que ese libro le pueda marcar o al menos orientar hacia una serie de intereses. En esa fase de la vida de la que hablamos, uno siempre necesita orientación, pero no siempre la orientación viene de un libro: a veces es una persona, con su palabra o con su ejemplo, la que acaba ayudando a decidir el curso de la vida.

Pero dejemos que sean los libros los que ayudan a decidir el curso de la vida. No es cuestión de que me ponga a lanzar títulos a ver quién ha quedado marcado en su existencia por cada uno (¿os imagináis?: al padre de Yotuel le impactó tanto La voz a ti debida que dio a su primogénito el original nombre compuesto de pronombres).

Ya en un post anterior dejé anotados algunos de los libros que han tenido importancia en mi vida: Plenitud, de Amado Nervo; El Principito, de Saint-Exupéry… Y cualquiera que me conozca puede dar fe de que no he alcanzado ni siquiera el nivel menos uno de la plenitud ni soy un imaginativo príncipe que hace amistad con su zorro amaestrado y cuida con primor a su rosa. Más cierto sería decir que lo único que cuido con primor es mi cardo (lease carácter).

Pero, claro, hay más libros en mi vida. Hace no demasiado tiempo recuperé uno, mi primer libro de poesía, una edición de Aguilar completamente ilustrada repleta de poesía infantil, esa poesía que a mi amiga Pilar, que es mi asesora poética cuando escribo, no le gusta nada, pero que fue el libro que me introdujo en un mundo que he intentado seguir cultivando. Y también están las obras de teatro de Lorca, concretamente una, por la cual quizá sigo en mi estado civil… Quizá la cuestión es que, en mi caso, no fue tanto un libro el que marcó mi vida, sino los libros, la necesidad imperiosa y vital de tener, siempre, en casa y en el trabajo, libros alrededor. Uno me espera, por cierto, así que doy por terminada esta estupidez semanal.

Leed, leed, leed.

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