viernes, 21 de mayo de 2010

Un pensamiento de Antoine de Saint-Exupéry

Hola, corazones.

Vengo hoy con doble (o triple) resaca. Ayer tuvimos la presentación de un libro (más adelante, quizá hoy mismo, colgaré un post sobre el asunto, que merece mucho la pena), lo que significa que trabajé mucho, tanto que el reloj de fichaje no ha querido esta mañana reconocer la hora a la que salí ayer. Tengo, pues, la resaca de la satisfacción del deber cumplido, y la del cansancio, que suelen venir unidas. Añádase a esta la resaca de haberme entregado ayer a la cerveza en un grado ligeramente superior al habitual. No es que acabara la noche como las bodegas de una abadía belga, pero algo sí que me tomé, lo suficiente para que el cansancio acumulado y las pocas horas de sueño no hayan permitido al oro líquido su completa y perfecta asimilación. Por último, y quizá esto sea lo peor, esta mañana el autobús tenía un contundente olor a amoniaco, gracias al cual me siento entre intoxicado y nebulizado.

Por todo esto, y porque me esperan por un lado un montón de textos que redactar y un montón de detalles que recoger, hoy voy a ser más breve que nunca comentando la frase-cita. Pido perdón por ello (aunque sé que más de uno se felicitará por lo mismo).

«La tierra nos enseña más sobre nosotros que todos los libros» (Antoine de Saint-Exupéry).

Frase-cita tomada de la excelente Agenda San Pablo 2010, concretamente para el día de hoy, en que se celebra el Día mundial de la diversidad biológica. Y tengo que darle a monsieur Antuán la razón, pero sólo a medias.

Es cierto que la tierra nos enseña, o puede enseñarnos, mucho, muchísimo, casi todo, sobre nosotros mismos. Al fin y al cabo, en la tierra nacemos, vivimos, nos desarrollamos. Fácil es, pues, que seamos capaces de aprender o de descubrir infinidad de cosas sobre ella y sobre nosotros, y también sobre nuestra relación con ella. Sólo hace falta que tengamos disposición a aprender, capacidad de observación, apertura de mente, inteligencia despierta…, cualidades, en fin, necesarias para llevar a cabo ese aprendizaje. Pero me temo, querido monsieur Antuán, que no todos los seres humanos que pueblan la tierra reúnen las cualidades necesarias para recibir las enseñanzas que la tierra nos presenta (igual no son humanos, sino más bien bovinos).

Y dice además mi querido y admirado piloto (un escritor siempre es, de algún modo, un piloto) que la tierra enseña más que todos los libros. No creo, ni quiero pensar, que monsieur Antuán esté menoscabando a los libros, a esos maravillosos compañeros que, como el suyo, reportan una o muchas enseñanzas imperecederas. Un solo libro, como El Principito, nos enseña sin duda muchas cosas, muchísimas, sobre nosotros mismos. Otro libro, como Desconocidas, que presentamos ayer mismo, nos enseña muchas cosas, muchísimas cosas, sobre nosotros, sobre las mujeres, sobre la vida misma.

Y lo que yo aprendo con la lectura de libros tales no lo aprendo con la lectura o la observación atenta de los sedimentos rocosos, el movimiento de los mares o la carrera despavorida de un avestruz por la sabana. De la tierra se puede aprender mucho, desde luego, pero no estoy seguro, monsieur Antuán, de que sea más que de los libros. Yo, desde luego, soy de los que piensa que un libro, uno solo, puede enseñarnos mucho sobre nosotros mismos.

1 comentario:

Ana dijo...

¿No te has parado a pensar que, quizás, como te gustan tanto los libros, no prestas la suficiente atención a lo que te rodea? Yo creo que, don Antuán, lo que pide es que no nos perdamos ni un solo detalle de lo que pasa a nuestro alrededor. Valga metro-sauna como ejemplo.¿Cuánto te ha enseñado sobre ti mismo?
La observación y la meditación han sido la clave de los grandes filósofos. A nosotros, a veces nos falta el tiempo. ¡Ay! EL TIEMPO. Si vamos demasiado rápido nos lo perdemos todo.
¡Disfruta del fin de semana! Nosotros, aquí, celebramos Pentecostés y el lunes es fiesta y el martes no hay cole.
Besitos.