viernes, 5 de febrero de 2010

Un pensamiento de la reina Cristina de Suecia

Hola, corazones.

Entre la congestión (vial y nasal, que ambas parecen reproducirse por esporas) y el hecho de que ahora, los viernes, todos mis compañeros entran a las ocho de la mañana y no estoy solo mi medio minuto para escribir estos ladrillos míos con un poco de tranquilidad, estoy más p’acá que p'allá, más como así que como asá, y eso. Pero hemos de seguir adelante, con la frente elevada y la mirada puesta en el horizonte, porque, con Churchill y con tantos otros a lo largo del tiempo, we shall never surrender (nunca tendremos sensurround).

He encontrado una frase-cita muy simpática de una mujer de la que hemos sabido poco, y lo que hemos sabido ha sido a través de la maravillosa pero anticuada película protagonizada por Greta Garbo. Exacto, sí. Hoy vamos a destripar un pensamiento de la reina Cristina de Suecia (si estaré torpe hoy, que cada vez que escribo Suecia me sale Suevia).

«Si el hombre procurase ser tan bueno como procura parecerlo, conseguiría su objetivo» (Cristina II).

Vaya con el juego de apariencias y maldades que parece querer reflejar (¿jugamos a concatenar verbos ad infinitum?) la nórdica soberana. Mujer de mundo y de mando, ella sabía bastante bien que la gente no siempre es como parece, y que hay que mirar dos veces (por lo menos) y esperar mucho rato para acabar desvelando lo que se esconde tras la apariencia primera. Dicho de una manera más casera: Cristina estaba convencida de que las apariencias engañan. Y al parecer lo que más se encontró ella fue gente que aparentaba ser buena, quizá para obtener de ella alguno de los favores que una reina de su época podía prodigar. Pero, ¿es verdad eso de que la gente se empeña en parecer buena? Veamos.

Imaginemos, por ejemplo, un político. Intentará por todos los medios que la gente considere que es una buena persona, que tiene buenas ideas, que está dedicado en cuerpo y alma a procurar (úsese esta palabra también en su sentido italiano de búsqueda) el bien de la sociedad. Y cuando lo consiga, es decir, cuando logre que le voten, hará el bien para todos. Por ejemplo, conseguirá que aquellas personas que sabían de antemano que se jubilarían pagando todavía la hipoteca contraída treinta años antes, descubran que ese temor era infundado, pues, o bien logarán acortar la hipoteca gracias a la prosperidad económica propiciada por el político votado, o bien verán prolongada su vida laboral debido a las artes del político votado. Y eso, quien le haya votado…

Imaginemos un jefe. ¡Alto! ¿Un jefe procura parecer bueno ante sus subordinados? Hombre, si así consigue que estos trabajen más y se quejen menos, es capaz hasta de comprar sondas para evitar las pérdidas de tiempo en el puesto de trabajo a causa de las incontinencias urinarias… Me estoy yendo donde no debo, me parece a mí, que cada vez tengo más compañeros que acceden a esto, y quizá alguno parezca bueno y luego se chive al jefe…

El caso es que la Garbo, digo, la reina Cristina de Suecia (¿sabéis que dentro de no demasiado tiempo habrá otra reina Cristina: la reina Cristina de Catalunya, de la casa Borbón?) está convencida de que la gente se afana constantemente en parecer buena. Y afirma que si ese empeño fuera puesto en el ser, en lugar de en el parecer, otro gallo nos cantaría. Porque es el ser, el fondo, lo real, lo que importa, y ahí es donde es necesaria la bondad, no tanto en el parecer. Porque hay cosas (y personas) que parecen buenas, y luego… (los puntos suspensivos suspenden a la persona a la que se refieren).

Seamos, pues, buenos, y empeñémonos en serlo, y en parecerlo también (no es que la contradiga, majestad, sólo pretendo aumentar el deseo de bondad que late en su frase-cita).

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