viernes, 26 de septiembre de 2014

Una de principios



Voy a cambiar esta semana mi método. En lugar de hacer una introducción, proponer una frase-cita y comentarla con más o menos acierto e inteligencia, quiero en esta ocasión partir de una palabra, y a partir de ella proponer no una, sino varias frase-citas de varios autores y no uno, sino varios comentarios, espero que más breves, que no deseo aburrir a las dos o tres lectoras que me quedan, como decía siempre en sus artículos Juan Manuel de Prada. Como no quiero liarme, voy a comenzar por el principio, mejor dicho, por los principios.

Al principio Dios creó el cielo y la tierra… Lo inmaterial y lo material. Y lo material hizo un ruido gordo y comenzó a crecer, a modificarse, a expandirse. Luego llegó un momento en que, de repente, lo inmaterial se mezcló con lo material, y aparecieron unos seres animales que adquirieron un sentido que antes no tenían: el sentido de la belleza, el sentido musical, la creatividad expresiva. La escala pentatónica. Y comenzaron a preguntarse de dónde le venía aquello, de dónde les venía la vida. Comenzaron a preguntarse por los principios. Y descubrieron el principio llamado Fe.

Y entonces surgieron también los que negaron ese principio, y negaron la misma existencia del origen y causa de ese principio. Porque si el universo necesita un principio, Dios también, y porque creemos que la ciencia es capaz de demostrarlo todo todo todo. ¿No es eso una nueva fe, un nuevo principio? Vamos. Tomo un ejemplo prestado: ¿cuál es la probabilidad de lanzar al aire todos los caracteres tipográficos que componen una edición de la Divina Comedia, del Genji Monogatari, de Guerra y Paz o del Quijote y de que al caer compongan exactamente eso, y no la Divina Paz, el Quijote Monogatari, Genji y Comedia o la Guerra, o la DiGenMo Mejiga Diaquigue Ritajo Terrapaz? (ulula ulula ululayu Altazor)...

Luego hay otros principios. Aquellos que Groucho Marx presentaba con galantería y amabilidad para, a continuación, afirmar su disposición a cambiarlos por otros si al cliente no le gustaban los primeros. Estos son los principios de los que dicen diego donde dijeron digo y se quedan tan anchos y panchos sentados en su sillón, fumándose un puro y cantando alegremente la canción de Pikolín, amiplín. Existen tantos ejemplos en el mundo como caracteres tipográficos tiene La Ilíada, como poco, pero ahora mishmo estoy penshando en un casho eshpecífico… Y hay quien se extraña de que todavía quede gente con principios y que los mantenga, y que abandone la partida cuando otros muchos trucarían sus cartas para seguir jugando. 

¿Alguien recuerda a Montesquieu? Entre todos se lo cargaron. Pero ahí quedan sus textos, sus pensamientos. Como este: “La descomposición de todo gobierno comienza por la decadencia de los principios sobre los cuales fue fundado”. Ya veremos, decían unos, Ya hemos pasao, contestaban otros. Ah, que no…

El mismo Aristóteles recomendaba que se tuvieran principios, aunque fuera solo uno, y que este fuera inmóvil e inmutable. Claro que para eso los principios en los que uno basa su vida, su pensamiento, su comportamiento, su actitud y su pensamiento deben ser sustanciales. No podemos basarnos en la hipótesis de que cuando dos células de la misma especie se juntan dan lugar a distintas especies según y cómo se ha ido el momento de la gestación…

Claro que también dice Tolstoi que es más fácil escribir diez volúmenes de principios filosóficos que poner en práctica uno solo de esos principios. Seguramente yo soy más de los primeros. Desde luego, consejos vendo, en hornadas de 278. A tres treinta, señora. Y están fresquitos. Yo no siempre soy capaz de poner en práctica mis consejos (para empezar: sonreír, que es el primero, sonrío poco). Claro que consejos no son principios, sino desarrollos de esos principios... Yo quiero, y lo intento, vivir de acuerdo con mis principios (y respetando mis orígenes, pero eso es otro asunto). Y para hacerlo mejor, busco el ejemplo de quienes han vivido con esos principios. Y si son Santos mejor. Que soy yo muy familiar. Pero más aún: busco reflejarme en el creador de esos principios, o que el creador de esos principios se vea a través de mí. Creo que todavía estoy muy lejos, habré de perseverar en ello.

También puedo intentar seguir el ejemplo admirable de aquellos que tienen unos principios firmes y sólidos, y se desplazan por ellos, y afrontan con ellos todos los peligros, hasta el contagio de una enfermedad mortal y la misma muerte. Gente con principios es lo que salva al mundo de la iniquidad. 

Algo parecido a lo que dice Tolstoi lo dice también Adler: es más fácil luchar por unos principios que vivir de acuerdo con ellos. ¡Luchar! ¡Qué palabra! Hace poco han estado preguntando por ahí cuántos estarían dispuestos a luchar por defender unos principios comunes, y muchos han dicho que no, que ellos solo lucharían por defender sus principios particulares. Vamos: mi casa la defiendo, pero la de la vecina, que le den… Yo quiero poder elegir si mi piso se queda en el portal 8 o se va, pero no quiero que los del portal 8 digan nada porque es mi piso, y no tiene nada que ver con la casa, aunque quede un hueco vacío entre el primero y el tercero…

Si, como dice Robert Spaemann, el criterio de la televisión no es la difusión de valores y principios, sino provocar el mayor impacto, lo que nos está ocurriendo es que vemos demasiada televisión. Y de tanto verla, hay tantos que han alejado todo principio de sus vidas, que han basado sus existencias sobre principios tan poco sólidos como si cimentaran en la arena de la playa, que cuando han llegado los vientos de la tele, arreciando y arreciando, se han creído de carrerilla todo lo que les contaban. Y han llegado a indignarse por una noticia de impacto (segar una vida lo es) y a acostumbrarse a ello a la tercera entrega de una noticia similar. ¿Por qué? Porque no es el principio de la vida, del derecho a vivir, lo que defienden ni en lo que creen, sino el derecho de ver siempre algo nuevo para no aburrirse. Y han perdido toda sensibilidad ante la imagen (o el concepto) de la siega abrupta de la vida... Eso sí, la vida de los celentéreos es intocable…

Sin principios se relativiza la vida. Sin principios se juega con la muerte. Y se producen situaciones que dicen muy poco de la calidad humana de sus protagonistas, que se alegran del fallecimiento de algunas personas solo porque pensaban y actuaban de otro modo, o cuando se llega a difundir con alevosía el bulo de que alguien ha muerto, cuando no es verdad. 

Chicos, si esos son vuestros principios, no me gustan, cambiadlos por otros…

 

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