viernes, 12 de septiembre de 2014

Un pensamiento de José Antonio Pagola



Estoy en una situación anímica rara, complicada. No tengo fuerzas, de verdad lo digo, para sobrellevar, como sí he hecho en otras ocasiones, tanatorios y funerales. No tengo fuerzas para ver cómo se van rompiendo las cadenas, mejor, los hilos, que mantienen unidas a las personas con su historia, con su familia, con sus progenitores. Llevo mucho tiempo pensando, y este verano lo he comentado en varias ocasiones, algo que me dijo hace tiempo un amigo cuando murió no recuerdo bien si su padre o su madre, años después de que hubiera fallecido su otro progenitor: “Cuando se muere tu padre (o tu madre) sufres, pero tienes al otro. Cuando se te muere el segundo, te quedas solo, por muy casado que estés, muchos hijos que tengas, por muchas amistades que te rodeen, por mucha fe que te sostenga. Te quedas solo, porque pierdes la conexión con tu historia”. Tela…

Esta semana ha fallecido la madre de un amigo (así lo estimo, y muchos otros amigos míos lo tienen muy cerca de su corazón y de su intimidad amistosa). Hace aproximadamente un mes falleció la madre de un compañero de trabajo, al que me ha unido una relación cordial y que sé que mantiene relación de amistad con otros compañeros que también son amigos míos. La amistad es una red… Los amigos de mis amigos son mis amigos, decía la canción, y es verdad: salvo excepciones, uno siempre acaba sintiendo simpatía por aquellos a quienes tus amigos tienen afecto verdadero. 

No he podido, en el caso de ninguno de estos dos amigos, hacer gran cosa por y con ellos. Sólo rezar y condolerme desde la distancia, casi sin que ellos se enteren, como si estuviera ausente de sus vidas. Mi circunstancia personal me lo impide... (¿O es una excusa?). Lo cierto es que también ando un poco frívolo y tontorrón últimamente, y perezoso, quizá influido por el ambiente estival, el ocio, o como efecto de la huida de una realidad más difícil… No sé.

El caso es que ando en esas. Perdóneseme esta confesión. La necesitaba. Comprendo que resta, más que sumar, pero la necesitaba…

Lo cierto es que ando intentando salir de esa frivolidad, de esa inactividad, y soy consciente, cada vez más, de que no puedo huir de las cosas, sino afrontarlas. Reflexión que quizá esté influida por el mes: septiembre, por la vuelta al cole y a la rutina laboral, por el comienzo del curso en mis actividades extralaborales voluntarias… Será septiembre…

Y en estas, miro el calendario de Cáritas por su página de septiembre y me encuentro una cita de un libro publicado (ya es casualidad) en San Pablo, un libro de José Antonio Pagola. El bueno o el malo, depende de quien lo mire. La cita me ha gustado. Viene muy bien para el mes, y me viene muy bien para decirme a mi mismo que me mueva de una vez y me deje de tonterías. Dice así:

«Es la hora de trabajar activamente, luchar, humanizar la vida» (José Antonio Pagola).

En realidad, la hora de humanizar la vida es esta, y la siguiente, y la anterior y la de dentro de dos horas… Siempre deberíamos actuar y comportarnos con ánimo de humanizar la vida. No con ánimo no: no queremos ser buenrollistas sin fundamento. Siempre deberíamos actuar y comportarnos humanizando la vida. En activo.

Ahora bien, ¿cómo se hace eso? Desde luego, saliendo del ombligo, levantando el culo del sillón (ha dicho culo, jajajaja), mirando alrededor, con los sentidos y el corazón abiertos. Condoliéndonos con quien pierde un ser querido, no frivolizando con la muerte de nadie, ya sea banquero o narcotraficante… Escuchando al que nos habla, y hablando claro, sin indirectas que nadie entiende ni tiene tiempo ni ganas de descifrar… Poniendo los cinco sentidos en lo que se hace, y sobre todo echándole amor a las cosas (sí, a las lentejas también, y a las vueltas al tornillo para que la estantería quede bien fija, y al freno y al volante y al intermitente, y al cliente que no para de preguntar precios y nunca se lleva mas que un moquero…).

Uf, que nadie se tome esto como un sermón. Esta es de las veces en que lo que escribo está directamente dirigido a mí mismo, a leerlo y darme a mí mismo un buen capón, mirarme al espejo con reproche y decirme, como me decía mi abuela: ¡Vaaamos! Muévete, hombre…

Pues eso, que es la hora de trabajar activamente, de luchar… Un momento…: de luchar, por qué, con qué objeto, buscando alcanzar qué, defendiendo qué…; tendré que contestarme todo esto antes de coger la mauser y liarme a ratatatatatas antes de tiempo (está inutilizada, no lograría más que muertes de juguete, no temáis). Vuelvo: es tiempo de trabajar activamente, de luchar, de humanizar la vida…

Me quedo con lo último. Es tiempo de humanizar la vida. Y prefiero hacerlo sonriendo al conductor del autobús que pegando carteles que rezan “juicio y condena” (pero piltrafilla, tu cartel es un contrasentido: si ya le has condenado, ¿por qué vas a hacer el paripé de juzgarlo? ¡Anda, anda!). Prefiero hacerlo dando Momentos de sabiduría que Retazos de estulticia… [Hablando de todo un poco: es momento de ponerme a fondo con una segunda entrega de mi hijito, que ya va siendo mayor…]

Seguiré. Ahora tengo que dejarlo, que me voy a humanizar la vida sonriendo al camarero que me pone la cerveza al otro lado de la barra… (ahora, cuando lo escribo, son casi las nueve de la tarde, no vaya a pensar nadie que ando de birras de madrugada…).
 

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