viernes, 18 de enero de 2008

Un pensamiento de Manfred Hausmann

Mis queridos amigos, muy buenos días y bienvenidos a este venerdino (sigo sin aclararme si es venerdino, vendredino o viernesino), que no venéreo, espacio.

La frase-cita de hoy nos la trae un personaje llamado Manfred Hausmann, que no sé muy bien a qué se dedicaba ni en qué época histórica vivió. Se admiten, pues, anotaciones al respecto. Y su pensamiento nos habla de las verdaderas capacidades del ser humano, aquellas que nos hacen permanecer despiertos y disfrutar de lo que nos rodea, incluso (y esto lo añado yo, pues estoy convencido de ello) cuando a la mayor parte de la gente que nos rodea le parece todo lo contrario (el caso extremo es el santo Job). Pero tener abiertos los ojos y los oídos, en la cabeza y en el intelecto, pero sobre todo en el corazón, es lo que nos permite, luego, asombrarnos de lo que vemos y oímos. Y responder con amor. Pero escuchemos directamente a meister Hausmann:

«Quien es capaz de asombrarse y capaz de amar pertenece al grupo de personas felices de esta tierra» (Manfred Hausmann).

¿Estamos o no estamos de acuerdo con meister Hausmann? En principio, yo diría que sí, ¿no? Veamos: si uno es capaz de asombrarse, es decir, de que lo que ve y oye le sorprenda, no le deje indiferente, sino le provoque una reacción, le incite a moverse, a responder, a obrar en consecuencia, es síntoma, cuando menos, de que está vivo. Y fijémonos que dice asombrarse, verbo que incluye, en un magnánimo abrazo, tanto a el extremo de la maravilla (quien es capaz de maravillarse…) como al opuesto del horror (quien es capaz de horrorizarse…). Pero de momento esto significa solamente estar vivo. Es decir, el asombro ante las cosas, aun siendo importante, no lo es todo. Porque el asombro exige una reacción, una moción, una respuesta. Ante el hecho motivo de asombro, caben muchas reacciones. Pero, siguiendo a meister Hausmann, sólo una de ellas conduce a la felicidad: la reacción motivada por el amor. Y no hablamos del amor melifluo, del amor erótico, del amor romántico, sino del amor de verdad. Un amor que está lleno de sentimiento de fraternidad, de solidaridad, de respeto, de reverencia, de compasión, de generosidad. Un amor que se tiene porque se da. Y se da cuando algo o alguien te mueve a darlo. Y te mueve a darlo porque mantienes despierta tu capacidad de asombro. Quizá estoy cogiendo por los pelos la frase-cita de meister Hausmann, pero aun así, estoy convencido de lo que digo, tomado de Hausmann: quien es capaz de asombrarse y es capaz de amar, es feliz.
Lo que no me gusta tanto de la frase-cita es el uso de la palabra grupo, o mejor de la expresión «grupo de los felices». Tiene resonancias excluyentes, exclusivistas, que no me resultan agradables. ¿Quiénes somos los que nos asombramos y amamos (si es que en verdad nos asombramos y amamos, y no estamos viviendo en un espejismo imaginario o en un cuento de hadas sin hechiceros perversos, que esa es otra de la que mejor no hablo porque me pierdo) para arrogarnos el derecho de constituirnos en grupo, y encima de grupo de felices, como significando que los demás no son felices? Seguramente no lo son, vale, aunque crean serlo, pero, ¿nos da eso derecho a decir “nosotros somos felices y vosotros no”, que es casi lo que se colige de esa expresión «grupo de los felices»? Yo diría que no francamente. Dejo abierta la puerta para escuchar mejor vuestras respuestas…

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