viernes, 22 de febrero de 2013

Un pensamiento de Denis Diderot


 
Continúo dándole vueltas a lo que dije la semana pasada, y algunas noticias de la presente hacen que incida de nuevo sobre la misma cuestión recurrente: «Vivimos en un tiempo en el que todos parecen empeñarse en exigir a los demás un determinado comportamiento que no cumplen para sí mismos». Y hablé de exigencias y requerimientos que oímos constantemente. «Lo que tiene que hacer JoseBenito Nosecuántinger es pedir perdón», «Marciano Vayaustedasaberquiénsoy debería dimitir si es que aún le queda algún resquicio de moralidad», «El-Federico Miraquienestabaalhabla tendría que callarse antes de hablar de moral ni de nada»…
 
¿Noticias nuevas? O las mismas de siempre. Porque llegan unos señores muy enseñoreados mal afeitados y unas señoras muy mal aconsejadas en la selección de los trapos con que adornarse (un notable para Natividad Neumático, suspenso para todas las demás), y comienzan a darse el lujo de hablar de todo sin que venga a cuento, y entonces los que están de acuerdo con ellos aplauden como locos y los que no están de acuerdo comienzan a decir: «Lo que tiene que hacer Meritxell Puturrú es callarse, que bien que ha cobrado de lo que ahora critica», «Pues con el vestido subvencionado que lleva Camila Roca (y lo mal que le sentaba, oiga) se podían haber pagado no se sabe cuántos millares de toallas nuevas», y así. Demasiado revuelo para mi gusto, demasiada salida de tono por parte de unos y de otros, y de los de más allá, que están todos con unas ganas que no se tienen de decirle a la gente lo que tiene y lo que no tiene que hacer. ¡Si lo que tienen que hacer es callarse de una vez!
 
Y en estas estamos cuando llega un político ruso (¿se puede ser eso?, me pregunto, a juzgar por lo que dijo) y plantea que se organice un sistema de control de la actividad sexual de la población, algo así como una cartilla de racionamiento, porque la gente fornica demasiado. Las cartillas de racionamiento llevan al estraperlo, al contrabando, al enriquecimiento de unos y al empobrecimiento de otros, a la inflación de precios de determinados productos, a la alteración frauduenta de los productos, a la sustitución de unos productos y de unas prácticas por otros de peor calidad y mayor riesgo para la salud, al desarrollo de cientos de trucos y situaciones para burlar los racionamientos, a la aparición de centros clandestinos de distribución de productos racionados de difícil adquisición, al robo, a… Trasladen todo esto al sexo… Ya estoy viendo la peli, y eso que no es aquí, ni hay guerra civil, ni… «Vivimos en un tiempo en el que todos parecen empeñarse en exigir a los demás un determinado comportamiento que no cumplen para sí mismos», me repito. Y entonces me encuentro en el periódico la siguiente reflexión enciclopédica:
 
«Cuidado con el hombre que habla de poner las cosas en orden, porque siempre significa poner las cosas bajo su control» (Denis Diderot).
 
Bueno, don Dionisio, tampoco es para ponerse así. A mí en mi casa, por ejemplo, me gusta poner y tener las cosas en orden, y bajo control, es decir, tener la seguridad de que cuando voy a abrir el armario de las toallas voy a encontrar toallas, y cuando voy a preparar el desayuno voy a encontrar las tazas precisamente en el sitio en el que considero que deben estar. Y es que claro, soy muy dictatorial, y me gusta tener las cosas de mi casa bajo mi control. Porque aunque tengo muebles de Ikea, mi casa no es ninguna república independiente (referéndum para decidir la ubicación definitiva del azúcar), ni una acracia asambleísta (mano alzada para decidir a qué grupo le corresponde incumplir esta semana la recogida de pelusas con la escoba), sino una monarquía absoluta sometida a los criterios, a veces rígidos, a veces permisivos, de mi veleidosa voluntad, lo que hace mi mundo un lugar algo decadente y elegante a un tiempo (aquí las corbatas, aquí las camisas, aquí los pantalones…). Pero claro, usted, don Dionisio, no se refiere a mi mundo personal. Yo tampoco, porque yo sí me digo a mí mismo lo que tengo que hacer, y a veces incluso me lo exijo con insistencia.
 
Usted habla más bien, me parece a mí, del ámbito de lo grupal, de lo social, de lo político incluso. Usted nos está previniendo contra el hombre que dice que tiene la solución para acabar con la situación de crisis económica, malestar social y depresión anímica del país, que tiene una propuesta de moralización de la sociedad que va a levantar el país y lo va a convertir en la primera potencia. Porque detrás de un señor de esos puede haber un deseo voraz de dominio, de control, de mando, de poder, e incluso, casi siempre, de destrucción. Usted, don Dionisio, nos está previniendo contra esos que pretenden que todos pensemos igual, que todos nos comportemos igual, que todos elijamos un enemigo común para culparle de todo. Contra esos que, como el anuncio ese tan gracioso, nos están diciendo que a partir de ahora sólo escucharemos una canción (¡y qué canción!) y sólo podremos tener por mascota una llama (total, babas al fin y al cabo). Y qué fácil es que le entreguemos, comodidad, pereza, desidia, inconsciencia, estulticia o la razón que sea, nuestra voluntad, primero en pequeñas cosas, hasta acabar absorbidos del todo.
 
Estoy un poco apocalíptico. Pero en un momento (como ahora) en que todo nos parece desordenado (porque todos, hasta los más caóticos, necesitamos algo de orden y método para sobrevivir), podemos caer fácilmente en la tentación de delegar en otros aparentemente más capaces o hábiles para poner orden, nuestro orden, sin darnos cuenta de que al final están imponiendo su orden. El otro día veía un capítulo de Los Simpsons en el que toda la ciudad de Springfield caía rendida bajo el omnímodo poder e influencia del «Líder». Eso es precisamente lo que debemos evitar.
 
¿Cómo? Pensando. Tomando las riendas de nuestras cosas, de las cosas que nos preocupan. Dialogando. Escuchando. Justo lo que no hacen, fíjate qué cosas, los que quieren poner las cosas en orden para tenerlas bajo su control. Justo lo que no hacen los que mencionaba la semana pasada, enfrascados como andan en exigirse mutuas actuaciones que no piensan realizar ellos mismos.
 
Hay quien diría que la invitación de don Dionisio es una invitación a la desconfianza, a la duda. No lo veo tan así. Una cosa es tener confianza, y confiar en alguien, y otra cosa es entregarse ciegamente, sin preocuparse por nada, sin atender a las consecuencias, lanzándose al vacío sin red y al vertiginoso hormiguillo en el estómago esperando que los brazos de Burt Lancaster nos recojan a tiempo y nos devuelvan al trapecio. Grave error, sobre todo si no sabemos si tenemos vértigo, si tenemo la fuerza suficiente para aguantar el tirón sin sufrir un desgarro muscular, y si hemos saltado con la fuerza adecuada (ni más: chocaríamos, ni menos: caeríamos) y en el momento preciso (ni antes: caeríamos; ni después: caeríamos).
 
Veo más bien una invitación a pensar, a estar alertas y precavidos, a razonar, a analizar, a escuchar, a dialogar, a ponderar… Lo que pasa es que lo ha dicho, y con esto acabo, como el latino cartel: Cave canem!

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