viernes, 21 de marzo de 2014

Un pensamiento de Dale Carnegie (y otro de Píndaro)


Ya tenemos primavera otra vez. Se ha notado en muchos detalles, calendario aparte. Si de repente te pican los oídos y la garganta a rabiar y te dan ganas de rascarte con un arco de violín, es la primavera. 

...

Iba a seguir hablando de la primavera, pero me ha parecido una auténtica frivolidad. Os cuento: Ayer, jueves, estuve en la presentación de un libro que hablaba de la necesidad de renovar los lenguajes de la transmisión de la fe. Que dice cosas como que ya no valen las prebendas y los honores de otros tiempos, y que lo importante es el ejemplo, el reflejo, la transparencia de nuestras vidas, una transparencia que permita al otro percibir a Dios. Y en la presentación, una actuación musical, de uno de esos grupos que cantan a Dios sin cantar a Dios, que claman letras que interpelan con ritmos y melodías que mueven al baile, a la alegría, a la jovialidad. Y que dicen cosas como lo difícil que es hablar de Dios cuando se ve lo que se ve (ponga usted aquí lo que desee: hambre, guerra, sufrimiento, engaño, discriminación, pobreza, marginación…).

Y entonces pienso que no voy a hablar de la primavera, por mucho que esté diciendo el telediario que ya hemos entrado en ella justo ahora que va a volver a hacer frío (mejor). Porque cómo hablar de la primavera cuando van a subir el IVA del pollo y nos vamos a ver obligados a comer faisán, si es que su IVA no se eleva. Si por subir el IVA va a subir hasta el de la limpieza de las calles (ah, pero, ¿las cosas que no existen también tienen IVA?). Cómo hablar de la primavera cuando cada día que pasa hay más países asustados hasta el punto de la Cri-orina… Cómo hablar de la primavera cuando hay tantas amenazas. Y cómo hablar de Dios cuando hay tanta falsedad, tanta arrogancia y tanto disimulo.

No me parece oportuno. Y aprovechando que la presentación me ha brindado una oportunidad de aparcar la frivolidad, haré caso a Píndaro, que recomienda: «Aprovecha la oportunidad en todas las cosas; no hay mérito mayor», y dejaré la primavera para otra ocasión.

Y aunque tengo la oportunidad, no voy a comentar precisamente la frase-cita de Píndaro, sino otra, que también recomienda cierto oportunismo:


Menudo fastidio que me propone este señor: con lo acomodaticio que soy y lo asentadito que estoy, ¿a qué voy a andar aceptando riesgos? Pues… Por partes.

Primero, está identificando los riesgos con las oportunidades. Todo es un riesgo, y todo es una oportunidad, dice. Abrir una puerta, besar a una chica, aceptar un trabajo, viajar a un destino imprevisto, comer lo que te ofrecen sin saber qué es, dormir bajo un árbol… Todo puede ser visto como un riesgo, pero también como una oportunidad. Anda que no habremos pensado veces que mejor hubiera sido no abrir esa puerta para no haber visto semejante escena, o lo diferente que hubiera sido nuestra vida si nos hubiéramos atrevido a besar a esa chica (y no lo hicimos porque sabíamos que era el amor platónico de nuestro mejor amigo, y al final ni con uno ni con otro…). Anda que no ha sido difícil aceptar un trabajo, con lo que suponía de cambio de residencia, de desconocimiento, de precariedad. Y luego…

Una vez que se acepta que los riesgos, y los retos, añado, son oportunidades, viene Deil-Cárnegui y nos dice que generalmente el hombre que llega más lejos es el que quiere. No lo da como norma fija, como una condición imprescindible, pero sí como una buena manera de llegar lejos: querer. Otra manera de llegar lejos es que otros te abran todos los caminos, porque te aman, porque no quieren que te hagas daño, porque te tienen miedo, porque no quieren perder el trato carnal contigo o por la razón que sea... Otra más: pagarlo todo, tenga el precio que tenga, para que no haya ningún riesgo, para que los caminos sean llanos y sólo haya cava, caviar y rubias alrededor... Pero el amigo Cárnegui da la clave: el que quiere llegar lejos tiene que quererlo, y asumir riesgos y retos como las oportunidades que son, y atreverse a ser, precisamente, un hombre. (Mira, vuelve hoy a aparecer, asomando, el Serás hombre de Kipling; ¿me estará llamando ese texto?).

Porque, ¿quién es más hombre, el que avanza por los caminos asumiendo los retos y las oportunidades que le surgen, el que avanza por los caminos sólo cuando los riesgos le han sido eliminados por otros, o el que paga para avanzar por caminos sin riesgos?

La respuesta está clara. Creo yo. Quizá es el momento de dejar de ser tan acomodaticio y levantarme. A ver qué pasa…

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