viernes, 14 de marzo de 2014

Un pensamiento de Gilbert Keith Chesterton


¿Suceden las cosas «al azahar», o por el contrario todo tiene una causa, una consecuencia, una o varias de esas dobleuves periodísticas? ¿Algo o alguien puede hacer que todo se envilezca, que las cosas salgan mal una detrás de otra, que cada palabra dicha, cada gesto, sea interpretado como una amenaza o un castigo? Si eso ocurre, ¿puede uno cambiar el rumbo merced a una sonrisa, un silencio, un tragar saliva y seguir adelante, una palabra amable y un mordisco en la propia lengua? Yo creo que sí. Esta semana me ha pasado dos veces, en dos ámbitos diferentes, con personas diferentes.

Y eso, precisamente en la semana en que, gracias a las brillantes traducciones al francés de mis Momentos de sabiduría que están haciendo las alumnas de la Escuela de traducción de Janick Benoit y que estoy colgando en Facebook, le tocaba el turno al momento número 30, que invita a poner siempre una nota positiva en la vida. Eso, precisamente en la semana en que una positivísima amiga de arrollador carácter y palabra tan eficaz como abundante, me invita a mirar las cosas a mi alrededor de otro modo, analizando los tropiezos como oportunidades (el que tropieza y no cae avanza dos veces), la oscuridad como un anuncio del amanecer y las dificultades como conquistas. Incluso en la misma semana en que, como siempre (no es que no escarmiente, es que en el fondo me sigue haciendo gracia cómo alguien puede redactar día a día tanto lugar común), mi horóscopo vuelve a mentirme como un bellaco: «Es muy probable que en la jornada de hoy te propongan una actividad que te resultará fascinante y ayudará a evadirte de tus obligaciones». ¡Y nadie me invitó a una cerveza!, ¿os dais cuenta…?

En fin, que la semana ha sido muy rara. Tanto que no sé si ha sido así porque estaba de Dios que así fuera o porque me lo he buscado yo solito. A ver si encuentro alguna frase-cita que me lo aclare:

«Siempre se ha creído que existe algo que se llama destino, pero siempre se ha creído también que hay otra cosa que se llama albedrío. Lo que califica al hombre es el equilibrio de esa contradicción» (Gilbert Keith Chesterton).

Mira tú, ya tenía yo ganas de volver a sentarme en el sofá y charlar un rato con don Gilberto Quiz. Claro que, mejor me siento en una butaca individual de las mías, no vaya a ser que alguien piense cosas raras si me ve sentado encima de este sesudo señor…

Existe algo que se llama destino y existe algo que se llama albedrío, y existe algo que se llama equilibrio de la (o en la) contradicción de ambas realidades. Uno puede estar destinado, predestinado, por ejemplo, por su familia, a casarse con una mujer en concreto. Ya, ya, ahora funciona más el amor y eso, pero imaginemos por un momento que soy el primogénito de un conde de Castilla del siglo pongamos catorce: seguro que ya me tienen preparado, desde jovencito, un matrimonio con alguna Berenguela, Urraca, Catalina, Isabel o como quiera que se llame la rica pretendida. Pero, ¿quiero o no quiero? ¿Hasta qué punto mi albedrío va a entrar en conflicto o se va a aliar con ese destino? Imaginemos, por cambiar el tercio, que soy un pusilánime correveidile lamenalgar. Mi destino estará ligado a las veleidades de quien ostente el superiorato sobre mi enclenque voluntad. Quizá llegaría un momento, no obstante, que mi albedrío acabara rebelándose contra ese destino presupuesto. Sería el único modo de recuperar la calificación de hombre.

Pero, ¿adónde vas a parar, dónde nos llevas? Pues a lo que dice Gilberto Quiz Sofá: hay que saber equilibrar esas dos realidades presentes en nuestras vidas: el destino y el albedrío, para ser un hombre. También hay que hacer todo eso que decía Rudyard Kipling, pero eso lo dejamos para otro día, que me alargo mucho si no. A veces, equilibrar destino y albedrío pasa porque ambas realidades se identifiquen. Leí el otro día una frase-cita de Billy Cristal: «Cuando te das cuenta [de] que quieres pasar el resto de tu vida con una persona, quieres que el resto de tu vida empiece lo antes posible», y eso es descubrir tu destino y unirte a él, acomodar tu albedrío al futuro. Gracias, querida amiga, por facilitarme esta cita, y enhorabuena.

Otras veces, equilibrar ambas realidades será diferente: en el caso del pusilánime correveidile lamenalgar del que hablaba antes, la balanza se ha ido desequilibrando, y la voluntad y el albedrío han perdido terreno hasta casi diluirse. El hombre vive apoltronado en la costumbre, en una situación amodorrante que quizá sea hasta cómoda, pero en la que poco a poco va perdiendo la fuerza, la cabeza, la voluntad, el ánimo, la alegría… Y si es capaz de darse cuenta, para recuperarse a sí mismo deberá reequilibrar esa balanza desfavorable al albedrío, y luchar, renegar, combatir, modificar el destino. Porque no tiene por qué ser inmutable. No estamos hablando del destino de las tragedias griegas, en las que la ira de Zeus, que se autoproclamaba todopoderoso pero era más bien todoveleidoso, te señalaba con el dedo y te decía: «Te ha tocado, te la quedas, pa ti pa siempre, tú la llevas, ¡hala!».

Habrá que mantener, pues, corazón y cabeza activos y conscientes para que el equilibrio entre destino y albedrío nos permita siempre ser hombres (léase personas, sin adjetivos).

 

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