viernes, 28 de marzo de 2014

Un pensamiento del Papa Francisco y otro del Papa Juan XXIII


La otra tarde atravesé Madrid en autobús dos veces (ida y vuelta) y tardé mucho más de lo habitual. Casi no me había enterado de lo que pasaba, y la verdad, en los horarios en que hice mi travesía lo único raro eran las calles cortadas y un exceso de nostalgia entelada. Mucha gente de compras, qué mucha, muchísima, subía y bajaba Goya y Alcalá, y entraba en las tiendas y salía, después de haber comprado o sólo mirado. Predominaban, como siempre, las bolsas de las tiendas más económicas, pero de todo había... Y mucha nostalgia entelada... A mí me han enseñado, porque lo he leído, lo he oído y lo he vivido, que no es cierto que cualquier tiempo pasado fuera mejor, aunque es una tentación recurrente cuando lo presente no nos gusta y le tenemos cierta prevención al futuro, siempre incierto. Soy más de la opinión de que estamos en lo mejor de lo que nos queda y de que el futuro lo tenemos que construir apoyados en el presente y con una conciencia clara de cómo fue nuestro pasado. 

Mi travesía, que luego me enteré de que pudo ser hasta peligrosa, fue lo más digno que pude hacer esa tarde. Porque yo considero que mi persona tiene excelencia y realce, por mí mismo y sobre todo por la gracia de Dios nuestro Señor, que me las ha concedido, como a todos los seres hechos a su imagen y semejanza; y que mi comportamiento se desarrolla con gravedad y decoro; y que soy merecedor de algo (la RAE no especifica de qué se debe ser merecedor para ser digno); y que mi casa, aun siendo pequeña y estando en una calle botellonera que huele a meados, es aceptable y se puede habitar sin desdoro (con satisfacción y placer, permítame la RAE la corrección). Mi travesía, el motivo por el que la hice, fue lo más digno que pude hacer esa tarde, porque no hay nada más digno que acompañar a una persona, compañera y amiga, en el momento en que su padre ha fallecido.


Si no, atengámonos a lo que nos dicen dos santos padres (dos por no alargarme y acabar convirtiendo esto en una letanía papal):

«Cada cristiano es misionero en la medida en que da testimonio del amor de Dios. ¡Sean misioneros de la ternura de Dios!» (Papa Francisco).

«De vuelta a casa, encontraréis a vuestros niños; hacedles una caricia y decidles: “Esta es la caricia del Papa”» (Papa Juan XXIII).

Hermosa conexión de ternura que existe en los consejos de estos dos pontífices, el Papa Bueno (aunque para encontrar papas «malos», pero malos de verdad, malos de inquina y saña, hay que remontarse mucho más tiempo del que imaginamos) y el Papa de todos (aunque también se ha coreado, por ejemplo, a Juan Pablo II, porque «te quiere todo el mundo») que está revolucionando la Iglesia (cosa que también hizo el que convocó el Concilio siendo un amable ancianito, o el que a fuerza de viajar y hablar lo dinamizó todo, o el que hizo algo revolucionario que ningún papa moderno había hecho: renunciar), y bienvenida sea la revolución de todos ellos.

No tengo hijos a los que transmitir la caricia del Papa (y aunque nadie me viera, quedaría fatal acariciando mis muebles antiguos, mis cuadros, mis libros o la muñeca típica de Querétaro que me regaló un buen amigo cuando regresó de México). Pero hay muchas formas de transmitir esa ternura, sin necesidad de ir acariciando a nadie. No me imagino, la verdad, la escena: viajero que se sube al autobús y saluda al conductor con una caricia; cliente que pide un kilo de picada y acaricia al carnicero (¿cuchillo en mano?, ¡ni se os ocurra!). Aunque sí podemos acariciar el hombro de la persona que sufre la muerte de un ser querido, la cara o las manos de la ancianita que está sentada en su sillón en la residencia, la mano en la que depositamos una ayuda solidaria (no está permitido llamarlo limosna en el lenguaje polite)… Y también podemos acariciar mentalmente a todo el mundo (sin cochinadas, eh?), y con la voz, y con la mirada. Es cuestión de suavizar el tono, mantener la serenidad, esbozar una sonrisa, actuar con amabilidad y respeto… De tener, en definitiva, al otro siempre presente como alguien digno, merecedor del mejor trato que puede existir: el trato del amor de Dios, que es el trato que nosotros mismos percibimos. Claro que, quizá ahí está nuestro fallo, en que no nos damos cuenta de lo mucho que Dios nos quiere. Nos quiere tanto como un abuelito Papa que la noche después de inaugurar el acontecimiento de la historia de la Iglesia más importante del siglo XX le dice a la gente que le lleve su caricia a los niños. O más.

Y eso es que tenemos que transmitir, nos dice Francisco, esa caricia, ese amor, esa ternura. ¿Y cómo? Mira que somos cansinos, que nos lo repiten sin cesar y no se nos queda… 

No arrogándonos nada, ninguna prebenda que excluya a los otros, y actuando con ellos, con todos, con respeto, educación y atención. Porque incluso los que excluyen a los otros, los que se arrogan prebendas que no les corresponden y se atribuye epítetos que les vienen grandes, son merecedores, por el mero hecho de existir, de que seamos para ellos testimonio del amor de Dios.

No quiero que nadie piense que esto quiere decir que voy predicando el lema de paz amor y buen rollito. Es más serio. Que los Papas, aun cuando hablan de caricias y de ternuras, son más serios…

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