viernes, 18 de abril de 2008

Un pensamiento de Julián Marías

Buenos días, chicos. Nunca llueve a gusto de todos, pero resulta que llueve. A ver si ahora va a resultar que no es necesario sacar agua del río, que los pozos vuelven a estar llenos.

Un saludo extraño preludio de lo que va a ser un comentario extraño. Lo que no es extraño es la frase-cita, que hoy me la proporciona Proverbia.net. Confieso que venía con la idea de buscar en un catoliquísimo libro de citas que me regaló una amiga una frase sobre la prudencia que necesito o la soberbia que me supera, pero no estoy de humor para autoflagelarme, así que he preferido buscar algo menos personal. Y lo encuentro en un gran filósofo español, que me dice, a mí y a todos, que:

«No se debe intentar contentar a los que no se van a contentar» (Julián Marías).

No sé muy bien si le he entendido, profesor Marías. Me pregunto si tiene su frase-cita algo que ver con el conocido refrán que recomienda con vehemencia no alimentar a los cerdos –esos voraces animales que comen de todo y nos gratifican con excelentes sabores extraídos de sus carnes una vez muertos–, con margaritas –esas sencillas y alegres por coloridas flores que nos alegran la vista hasta que se ajan y que nunca huelen demasiado bien–. ¿O más bien se refiere al moral consejo que relaciona vicios y virtudes, peticiones y «no-daciones»?

En cualquier caso, leo y releo la frase y pienso que tiene razón el profesor Marías, siempre y cuando se cumpla la mayor: que hay quien no se va a contentar. Eso es algo que por experiencia lo sabemos, todos nos hemos encontrado con gente de esa que pide más, y más, pero mucho más, ya sea cercanía física, besos y ternura, o yogures dietéticos con elevadas dosis de omega 3 y triglicéridos esenciales con efecto bífido. Pero, ¿podemos afirmar, profesor Marías, que se puede saber previamente, a ciencia cierta, cuándo, o mejor, quién no se va a contentar nunca, para poder tomar a tiempo la decisión de no satisfacerle?

¿O tenemos que ir estudiando la reacción del otro (o de la otra) mientras le vamos dando contento, para saber si llegará un momento en que se sienta satisfecho o si, por el contrario, siempre nos pedirá más, en un insaciable intento de acapararlo todo, cual mantis religiosa que te come o el bichito (¿cómo se llama?) que te chupa la sangre hasta dejarte seco como el ojo de la Inés?

No estoy muy lúcido, pero creo que, a pesar de que te topes en ocasiones con mantis, sanguijuelas o cínifes, no siempre las personas que te piden o con las que interactúas en una mutua satisfacción personal se dedican a pedirte más hasta dejarte exhausto. Así que mejor seguir dándole contento a la gente. Que mejor es cantar eso de «Tengo el corazón contento, el corazón contento, lleno de alegría» que andar siempre en el oficio de tinieblas.

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