viernes, 25 de abril de 2008

Un pensamiento de san Isidoro de Sevilla

¿Recordáis que la semana pasada os hablaba de un pensamiento que me recordara que no se puede ser tan orgulloso o soberbio, pero no estaba de humor para autoflagelarme? Pues bien, esta semana sigo sin estar de humor, pero hete aquí que llega mi suscripción diaria de Proverbia.net y me asesta un bofetón en la cara nada menos que de don Francisco de Quevedo y Villegas: «Ruin arquitecto es la soberbia; los cimientos pone en lo alto y las tejas en los cimientos».

No obstante, no era este hoy el tema de mi disquisición, sino un sabio y santo consejo que me encuentro en la Agenda San Pablo para el día de mañana, es decir, para el 26 de abril:


«La ciencia que el oído percibe, derrámala por la boca. Agranda aún más la sabiduría compartiéndola con otros» (san Isidoro de Sevilla).


No tiene mucha vuelta de hoja el consejo de nuestro santo, diría yo. Comparte lo que sabes y lo que aprendes, y así la sabiduría (la del que habla, la del que escucha y la Sabiduría en sí misma) crecerá. Claro que hay que fijarse en algunos términos y en algunos matices, porque no nos dice san Isidoro que contemos todo lo que sepamos, es decir, que organicemos un constante flujo de comunicaciones hasta colapsar el sistema, por ejemplo, o que nos empeñemos en contarlo todo, todo, todo, tanto si es como si no es ciencia, o sabiduría, sino mera anécdota o estulticia supina, hasta organizar un tomate monumental. Prudencia, prudencia. No se trata de chismes, ni de parolas, sino de comunicar el saber, el conocimiento, la sabiduría. A veces puede ser un teorema, o una etimología, tan propia de Isidoro, y otras una receta de cocina, o por ponernos menos prosaicos, una comunicación espiritual, pero en cualquier caso lo comunicado, lo compartido con otros, deberá ser, según colijo de la frase-cita de Isidoro, ciencia, sabiduría, conocimiento.

Otro concepto del que se puede hablar es del otro. No, no pretendo hacer juegos de palabras ni palíndromos baratos, sino dirimir quién sea ese otro al que se refiere Isidoro. Porque, si bien lo que dice es cierto, también lo es que no conviene hablar a cualquiera de cualquier cosa y en cualquier tono, sino que es imprescindible adecuar el tema, el nivel, el tono y el vocabulario al oyente, siempre, por supuesto, sin menospreciarle un ápice. Ya lo decía la semana pasada, que no es bueno tampoco dar de comer margaritas a los cerdos, puesto que, como estos comen de todo, mejor será poner las margaritas en un jarrón mono y dejar que los cerdos coman otra cosa, mondas de patata, por ejemplo, o bellotas caídas del árbol, si es que los tenemos correteando por el monte serrano para beneficiarnos de su buen jamón.

Me estoy yendo. Vuelvo.

Infiero, más bien intuyo simplemente, que esto que afirmo (del otro como interlocutor o receptor, no del cerdo) viene implícito en el pensamiento o frase-cita de Isidoro: comparte tu saber con el otro, siempre y cuando el otro pueda conocer, comprender, asimilar tu saber. Y desde la humildad (yo creo que sé y tú seguramente también), no desde la soberbia (yo sé y este/tú no es/eres capaz).

En cualquier caso, entiendo que lo más importante de la frase-cita de Isidoro no está tanto en el objeto (el saber), ni en los sujetos agente y paciente, sino en la acción: comparte.
Es compartir lo que importa,
es compartir lo que aporta sabiduría y comunión.
Es compartir lo que reporta mutuo beneficio,
lo que comporta fraternidad,
lo que transporta filantropía, o solidaridad, o amor, según sea el destinatario.

Ahora, pues, me callo y os escucho.

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